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Biografía
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LOS CARACOLES DE LOS CHARNEGOS

 

los caracoles 4

Me he quedado sola en la cocina rechupeteando cáscaras. Me arde la boca y, sin embargo, sigo untando pan en este sofrito ardiente, rojo del demonio; llenito de bitxo y picada.  Mi tía Toribia, extremeña ella, trasplantada a la  Santa Coloma del cura-alcalde  cuando aún no tenía varices, me los ha guisao  pá mi. Y yo, que ya no tengo quien me guise, pienso comerme la cáscara, las rayas de la cáscara y el juguillo  marrón de la cáscara, aunque  me  se reviente el estómago y me vaya al otro mundo oliendo a ajo joder a Camba

Mi marido no entiende nada, tiene arcadas, el muy finolis. Mis hijos no saben lo que es una tormenta en mayo, un campo oliendo a yerba,  y una mano pequeñita  llena de caracoles resbalando babas por la muñeca. Mi marido no come conejo con caracoles, le dan arcadas, el muy tiquismiquis. Mis hijos no han visto  jamás en el trastero de la casa la malla de los caracoles y  a los 7 kilos de caracoles escaparse de la malla en plena noche y estucar la pared  del balcón de  un marrón rayao. Mi madre se apresuraba a coger la banqueta de la cocina y la escoba para recuperar a los huidos, sin prisa, pero sin pausa. ¡Pá dentro! En esta malla de los horrores están los bovers y las cabrillas purgándose; tres largos días, tres negras noches. ¿Es, entonces, esta malla el purgatorio? Los caracoles no saben de Dante, ni de Comedias Divinas, porque están a punto de vaciar toda la tripa y de entrar en  el infierno de las perolas  hirviendo.

Mi hermana, que es una llorona, solloza y gime cosas que suenan  muy salvajes- cree que el mundo será de Greenpace algún día-  y mi madre pica y pica en el mortero las avellanas, el pan tostao, el bitxo, la ñora, los ajos y le echa a la cazuela el culo del Cardenal Mendoza que había en el armario de los coñases y los anises.

Mi madre andaluza y mi tía extremeña me guisaban -me guisan- caracoles catalanes, caracoles charnegos. Rechupeteo las cáscaras mientras veo al casipaisano Cuní, embadurno el pan- de pagès-  con el pringue del majao  que quedó en el fondo de la cazuela  y pido otro Jumilla para limpiar las cañerías de este bitxo que me dará la tarde. Menos mal que no hoy no tengo programa de radio: “Parlem de cuina, una altra vegada amb Inés Butrón, la nostra experta en cuina  bla, bla, bla.” La cocina catalana, será charnega, o no será. ¡Digo!  ¡Ponme un Priorato, que me lo pide el sofrito, niño!

Tata Tori- me digo pá mis adentros, ¿y si la próxima vez que hagamos caracoles nos vamos a comerlos al campo? Con los amigos de Épila y los vecinos del segundo, los de la Sara.   ¿Dice algo el Corán de las caracoladas catalanas?  Creo que no.  ¡Alá es grande! Dios es misericordioso porque quiere que todos sus súbditos sean buenos charnegos.

Ellos que traigan los pastelillos de miel y pistachos, ¡que están que te ca…….!

 

 


3 comentarios
Mapatxe77

junio 23, 2011 @ 09:11

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Cuenta la leyenda familiar que, allá por el primer tramo de los años 80, quien esto suscribe era un voraz devorador de caracoles. Eso sí, años después, cuando descubrí que también podían comerse bien muertos, los disfruté bastante más.

Inés B.

junio 23, 2011 @ 11:52

Reply

A mi me pasó al revés con las almejas del Carril. En salsa verde, muertas y guisadas, me gustaban mucho, pero cuando las comí vivas mi lado salvaje-culinario se sintió inmensamente feliz.
Lo de la caracolada es que tiene ese punto de ritual gastronómico que tanto gusta por estos lares, verdad? Y si no, piense usted en el Aplec del Cargol lleidetà. Eso es devoción por los gasterópodos!

Mapatxe77

junio 23, 2011 @ 18:29

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Con “gasterópodo” me ocurre algo similar a lo que me ocurre con “paralelepípedo”. Es intentar pronunciarlo correctamente y ya me sale una hernia en el paladar.

Con las almejas vivas no puedo. Lo he intentado alguna vez (ya que la devoción que en casa profesan a semejante bocado únicamente es comparable a la de su Excelsa Retoña por el chocolate suizo con denominación de origen), pero me resulta dificil masticar algo sabiendo que, en caso de poder hablar, ese algo se ciscaría en mis muertos más frescos entre movimiento de mandíbula y movimiento de mandíbula.

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Por Ines Butrón
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