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Biografía

LA GRASA QUE HABITO. DIARIO DE UNA FONDONA.

Con la llegada de septiembre y antes de que los nuevos mostos me devuelvan a mis quehaceres profesionales, repito el viejo acto de constricción otoñal con la esperanza de eliminar los vestigios del exceso: me apunto a un centro de fitness.  Este es el enésimo gimnasio que piso, la enésima vez que cuento la misma historia a una veinteañera de pecho plano que ni come, ni cocina, ni ha parido nunca y, sin embargo, dice  que me comprende y hará de mí una mujer nueva.

Yo la miro, ella me mira; yo le hablo de mi discopatía ( no, no es un remix de música disco de los 70, nena), ella habla de corrección postural, yo no la escucho; yo le hablo de hernias discales, ella no me escucha; ella me pellizca los glúteos, yo se los envidio; ella  me sujeta el abdomen, yo le sujeto el móvil; ella me palpa los brazos, yo le repaso los suyos –jamás un bolso de Carolina Herrera penderá de ese alambre, nena-, ella me habla de pectorales, yo no le encuentro los pectorales- jamás un sujetador de La Perla se meterá ahí dentro, nena– Ella es mi KH-7, mi personal trainer, mi fisioterapeuta, mi nuevo objeto del deseo, la esperanza de un mundo mejor. Me pregunta la edad- me tiro el farol-, la profesión- miento como una bellaca-  cuánto tiempo hace que no hago ejercicio- dudo-, cuánto peso- me descojono-, qué quiero fortalecer:  mi cuenta bancaria y, si puede ser, mi columna. Mal vamos.

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Mi quitagrasas me enseña el centro: una piscina llena de vaho- fatal para mi asma y mis sofocos- con un olor a cloro que tira para atrás,  un grupo de señoras maduritas que hacen aguagin juntas y luego desayunan suizos con ensaimadas.  Una sala donde un tío en tirantes, calvo  y con pelo en los hombros, corre como un loco en una cinta que no le lleva a ninguna parte, la mirada perdida en una pantalla de Noticias 24 h.  Perseguido por el colesterol o el miedo a envejecer, el sujeto suda al límite de la extenuación y la fisio le recuerda que el seguro del centro no cubre infartos.  He aquí una víctima más del fast food, me digo,  expiando sus pecados.  Si viviera en Portugal, dentro de poco, pagará impuestos  por ello.

Algunas chicas se machacan los ovarios en las máquinas de abdominales, se esfuerzan por no parecer mujeres. Algunas caminan por el filo de la navaja, pero nadie les recuerda que muchos de los trastornos alimentarios empiezan en  los espejos de las salas de fitness. En las bicicletas estáticas  se señalan  las calorías consumidas ( hoy he quemado los dos champiñones de la ensalada),  el pulso, la velocidad y el camino recorrido(¿?). Me bajo al borde de la lipotimia y juro alimentarme de sopa de apio hasta que mi hígado quede envasado al vacío. Dos adictos a los esteroides hacen pesas en medio del silencio absoluto. Comen media docena de huevos para desayunar y toda la soja transgénica que se cultiva en el Amazonas, además de dos terneras para merendar y la leche de ambas antes de irse a dormir. Practican el powerpilates, el powerfitness, el powergin…. El caso es conseguir mucho power y ganarse a pulso  el contrato a portero de discoteca. Si no pierden la condicional, claro.

Me apunto, por fin,  a una clase que habla mi idioma: ¡En forma! Craso error. Me pierdo en la coreografía, odio  los pasos de baile, odio la música de fondo, odio la lista de músculos- ¡Esto va bien para tonificar el deltoides!  ¿Pero dónde c… está eso?, odio que me pongan la mano en la barriga como si estuviera preñada de seis meses, odio los aplausos finales a la profa-veinteañera. Ni qué fuera Jane Fonda.

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Me voy a la sala de Pilates que esto lo domino.  Mi traumatólogo me quiere poner un implante de disco si no fortalezco la columna y me ha aconsejado el Pilates, un método carísimo que puso de moda Madonna antes de perder a su tercer marido. Respiramos, nos estiramos, nos relajamos y ….pagamos.

Mejor vuelvo a la piscina con mi gorro-lifting. El vestuario está a mano izquierda según se pasa por la sala de máquinas, a la derecha de las escaleras que están frente a la máquina de café, justo encima de la sala de spa, y al fondo de la sala de tratamientos de belleza específicos. Después de dar tres vueltas al centro en chanclas y ponerlo todo chorreando, por fin  lo encuentro. Se llama Vestales. Mal augurio.


3 comentarios
Inés B.

septiembre 6, 2011 @ 11:04

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Estoy de acuerdo contigo, Tomás. Yo tampoco pienso desistir ( carpe diem!), aunque ello me cueste alguna que otra tabla de abdominales. Un saludo.

mon

enero 8, 2018 @ 21:38

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totalmente de acuerdo. Explicado con gran dosis de humor y ironía fina. Es horrible que el mundo nos haga sentir así. Pero no es el mundo somos nosotros y nuestras expectativas. Y si, simplemente, nos aceptaremos? Un trabajo mucho más difícil pero a largo plazo el mejor. Besos y feliz año.

Ines Butrón

enero 9, 2018 @ 07:45

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Efectivamente. Mejor reirnos un poquito de nosotros mismos y aceptar nuestras imperfecciones, es más humano.

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