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Churrerías sobre ruedas: la protohistoria del food truck

Las  churrerías  sobre ruedas está siempre en el mercado semanal de mi pueblo. Son las parada más visitadas. Las churrerías son la protohistoria del food truck hispánico.

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Mira que lo tengo dicho: aquí siempre ha habido food trucks. No vendíamos perritos calientes, ni crêpes, pero las churrerías y los pollos asados iban en camiones y se movían. De  hecho, continúan haciéndolo, pues, en los días de mercado,  en mi pueblo hay un señor que se asfixia de calor frente a unas cuantas hileras de pollos, patatas, carrileras y canelones que vende como churros. De allí no lo mueves  así se achicharre, porque ese día hace más caja que todas las terrazas de la plaza juntas.

El  señor de los churros, las patatas y  las cortezas  también ha instalado su negocio sobre cuatro ruedas. Cada festivo expone toda clase de dulcerías fritas en aceite – de oliva-  y espolvoreadas de azúcar o canela, que es como nos gustan a nosotros las porras, los churros, con o sin chocolate.  Cada mañana lía paperinas  en papel reciclable, antimanchas, con una soltura que ríete tú de un experto en papiroflexia. La nueva churrería tiene estas cosas. Ya no hay humaredas  espesas que te indiquen el lugar donde se ha aparcado el camión, el churrero es joven, con barba espesa y repeinada,  y tiene los brazos tatuados hasta el codo. El hipster ha llegado también al mudo del churro y la gastronomía.  A veces comenta con los colegas lo mucho que se alegra de haber montado su propio negocio sobre ruedas. Satisfecho, señala con el dedo: “Máquina de churro ideal para cualquier restaurante“. En el mercado hay mucha variedad, pero ellos se inclinan por la calidad que ofrece la maquinaria Inblan.

 Eso sí, no son camiones decorados con detalles vintages, no hay chicas con guirlandas de flores en la cabeza, ni tampoco hacen comida tex mex en los parques de Barcelona. Están donde siempre han estado: en los mercados semanales, en esquinas y en calles donde pasan los niños, las señoras por la tarde y  los señores  solos, con periódico en mano, los domingos por la mañana. Van  a comprar su paperina calentita a un churrero de su confianza que, en realidad, hace  muy pocos kilómetros con ese camión.

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 Imagen: thefoodtrucksclub.com

Los food trucks españoles de los 70 eran la alegría de las ferias y las fiestas mayores. No había fiesta sin churrerías, churros, churreras, porras, chocolate – o algo parecido- bien caliente. Junto con las manzanas de caramelo y el algodón de azúcar, los churreros tenían en sus manos la gastronomía del feriante que se completaba con bocadillos de chistorra y patatas fritas con mahonesa. A menos que pasara una improbable inspección, el aceite-grasa de origen desconocido permanecía en  el mismo barreño durante tres o cuatro ferias de 8 días y se bañaban en él toneladas de harina con manteca.  “Si te decides a montar un negocio como este en la churrería Inblan encontrarás la mejor maquinaria confesaba  a los  colegas-familiares-emprendedoresdelos70, aquellos que,  viendo cómo la primera crisis petrolera del 73 se llevaba por delante los puestos en la obra,  tenían que decantarse por el bar, la furgoneta de transporte, o ese prototipo de negocio hotelero que tanta felicidad dio a los niños como yo.

Hoy en día, con otra crisis encima, los camiones de comida han vuelto a tomar las calles, pero ya no son churrerías. Parece que el churro se quedó con ese estigma de feriante, de dulce pueblerino de poca monta, y ya nadie se interesó por él hasta hace poco.

Ahora los churros y los camiones van por caminos distintos. Sobre ruedas muy cuquis,  venden comida de todas clases chicas no menos cuquis vestidas a juego con las cortinas del camión. Tienen muy buen gusto, no molestan,  no sueltan pestilentes humos,  se plantan allí donde les deja el ayuntamiento en días contados: Palo Alto, Sónar, Primavera Sund, Fiestas de la Mercè en la Ciutadella., etc. Lugares donde la gente no busca churros, sino (mini)  tacos de cochinita pibil o crêpes  de brie y jamón serrano ( frías).

Imagen: . http://www.comerbeberdormir.com/wp-content/uploads/2014/12/Take-Away-churros-chocolate.jpg

Pero, después de todo, ¿qué sería de nosotros sin una churrería ambulante? Amanecer en domingo y ver la misma cara esperándote desde hace horas con unas porras calientes, comentar la jugada y el panorama, el tiempo y el estado de la nación con alguien que lleva años aparcando en la puerta de tu casa es como tener a un enamorado fiel que se posa impertérrito bajo tu balcón esperando tu sonrisa. Lo dicho: yo para ser feliz quiero un camión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Por Ines Butrón
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