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Biografía
Carlos+V+y+su+banquero

Las últimas cenas de Carlos V o el ocaso del glotón.

 

Después de Gargantúa y Pantagruel no habido en la historia personaje más conocido por la gula que el emperador Carlos V de Alemania y I de España. Un ser, en palabras de Néstor Luján, desmedido, espléndido, lleno de una dolorosa grandeza, que tuvo imperio  sobre todo y todos, menos sobre su cuerpo.

Por su imperio, donde nunca se ponía el sol, viajaban los más variados productos procedentes de todos los rincones del Nuevo y del Viejo Mundo, pero el hambre seguía siendo mucho más que un fantasma en la España de los siglos  XVI y  XVII. El pueblo llano padecía la escasez endémica de cereales, a pesar de contar con uno de los mejores graneros del orbe, lo que provocaba hambrunas especialmente duras en años de malas cosechas. Las gentes se veían obligadas a mendigar y a vagabundear por los caminos comiendo hierbas y raíces. Un campesino del XVI, cuenta el citado autor en su Historia de la Gastronomía, se sustentaba almorzando unas migas o unas sopas con un poco  de tocino, a mediodía comían unos trozos de pan con cebolla, ajos o queso y así pasaban hasta la noche en la que tenían olla de berzas o nabos, cuando más un poco de cecina, con alguna res mortecina. En cambio, la casa real, la  aristocracia y  la Iglesia y, en general, los grandes propietarios  latifundistas gozaban de unas despensas pletóricas de carne, pescados frescos o en salazón, grandes vinos, y dulces elaborados con las especias más exóticas, como la canela o la nuez moscada. Pongamos como ejemplo el relato de las provisiones que se sirvieron al Duque de Mayena  y su comitiva cuando éste recaló en Madrid para negociar un doble casamiento entre príncipes españoles y franceses:

En los días de carne le mandaban 8 ánades, 6 capones, 70 gallinas, 100 parejas de pichones, 50 codornices, 100 parejas de pichones, 50 codornices, 100 liebres, 24 carneros, 2 cuartos de vaca, 40 libras de mantequilla, 12 lenguas de buey, 12 jamones, 3 cerdos salados, 4 arrobas de manteca de cerdo, 4 docenas de bollos, 8 arrobas de fruta surtida, y 6 clases de vino con un pellejo de 5 arrobas para cada clase. Y en los días de ayuno y abstinencia: 100 libras de truchas, 15 anguilas, 100 barbos, 4 clases de pescado en conserva y salazón, 50 libras de atún, 100 de anchoas, 100 de bacalao, 1.000 huevos, 24 empanadas de pescado, 100 libras de mantequilla fresca, un pellejo de aceite, otro de vino, frutas y pan en igual cantidad que en los días de carne.”

 Los descomunales banquetes  de Carlos V, el despilfarro en comida, en general,  eran habituales en la época entre los miembros de las clases más altas o de aquellos, que simplemente, aspiraban a serlo, muchas veces a costa de arruinarse dilapidando grandes fortunas en festines para agasajar a invitados de los que se pretendía conseguir mercedes o tratos de favor. José V. Serradilla Muñoz, en su libro La Mesa del Emperador, Recetario de Carlos V en Yuste, nos recuerda la importancia social de dichos banquetes, su extraordinaria duración y los alardes de lujo y ostentación que en ellos se hacían. El empeño de nobles y cortesanos por estar a la altura de las circunstancias en dichos festines promovió el interés por el tema de tal modo que incluso llegó a publicarse un libro, cuyo autor, Luís Lobera de Ávila, persona allegada al emperador- protomédico de Carlos V y del rey de Inglaterra Enrique VIII-,  tituló  precisamente “Banquete de Nobles Caballeros” en el que se resumía lo que debería ser un banquete guiado por el sentido común, teniendo en cuenta los desmanes que procuraba a la salud de sus comensales. El mismo emperador tuvo una edición en su poder, aunque obvia decir que hizo caso omiso de sus recomendaciones, más interesado en leer y comprender el recetario más prestigioso de la época, el LLibre de Coch del catalán  Ruperto de Nola, cuya traducción al castellano se realizó en Toledo en 1525 gracias al encargo personal y a la financiación de la misma  por parte de Carlos V.

Lo que se servía en dichos banquetes hubiera bastado para la subsistencia de varias familias, pero el sentido de justicia social con el que hoy en día interpretamos tales derroches, absurdos e inmorales desde todos los puntos de vista, no formaba parte de la mentalidad de los privilegiados del Medievo y el Renacimiento, cuya visión del mundo se asentaba en una inamovible división de clases. A pesar de la miseria reinante, las hambrunas, las epidemias, las devastadoras guerras que despoblaban pueblos y ciudades enteras y  la influencia de una religión que empezó predicando el amor al prójimo, los poderosos de la tierra y quienes la gobernaban vivían de espaldas a una realidad que acabó por explotarles en las manos, haciendo saltar en mil pedazos un imperio de soldados famélicos y campesinos harapientos. Sólo, de vez en cuando, la caridad cristiana obligaba a las conciencias de los privilegiados a ser misericordiosos con los más desfavorecidos, por lo que la limosna, más que una virtud basada en la compasión,  era a la vez un deber y un modo de justificar tamaña desigualdad. El mismo emperador, a su llegada a Yuste, vio como  a las puertas de su nueva morada  se agolpaban los miserables campesinos de los alrededores, a quienes entregaba algunas migajas de sus bienes como un acto más de una interesada piedad cristiana que, en última instancia, pretendía,  a cambio, un lugar acomodado en el reino de los cielos.

Carlos V llegó a Yuste mucho antes de lo que cabría esperar, el 3 de febrero de 1557, achacoso, viejo antes de hora, mermada su energía y su espíritu por los grandes esfuerzos que le requería su posición, pero también por una infinidad de dolencias que iban desde la consabida gota, las hemorroides, el  asma, un estómago que digería con dificultad y una dentadura pobre y desgastada a causa de unas mandíbulas desproporcionadas que le impedían encajar correctamente los dientes, un mal menor que hoy en día se solucionaría con una correcta ortodoncia. La gota que desfiguró sus extremidades  y  los dolores continuos agravaron su insomnio y su carácter grave y melancólico, amigo de la soledad y enemigo de reír, valiente soldado, enérgico y de alma templada, pero también dominado por el rencor, la avaricia y poco amigo de hacer mercedes, además de la consabida voracidad en la mesa.  Con todo, el emperador no cedió ni un ápice a las recomendaciones de los galenos que le aseguraban que debía moderar su glotonería, ni en la corte ni en la soledad de Yuste donde llegó acompañado, entre otras cosas, de su propio maestro cervecero.  El  ansia devoradora de Carlos V era irreprimible. Comía abundantemente y bebía sin cesar litros de vino del Rhin para aplacar la sed que le provocaban ágapes preparados a base de cantidades ingentes de carne- vaca cocida, cordero asado, liebres al horno, capones en salsa, jabalís- especiadas profusamente con pimienta, clavo, canela, o nuez moscada. Hemos de recordar, al respecto, que la utilización de especias era un signo inequívoco de estatus social, ya que los mejores condimentos llegaban a los puertos españoles tras largas travesías de todas partes del mundo, eran difíciles de conseguir y muy caras. No olvidemos, por otra parte,  que la conquista del Nuevo Mundo se justificó ante los Reyes Católicos como la necesidad de encontrar una nueva ruta para el comercio de las especias, algo que hoy en día consideramos baladí, meros saborizantes, pero a finales del S. XV eran elementos  fundamentales de los que dependía el propio sustento, pues servían para condimentar y disfrazar el sabor de  alimentos que, debido a la mala conservación, rozaban la putrefacción. Por otro lado, las especias tenían una larga tradición de substancias con propiedades medicinales e incluso afrodisíacas. Incluso la sal y la pimienta,  hoy en día  habituales en todas las mesas, eran un bien escaso, por lo que tener, como Carlos V, un salero presidiendo su mesa, era todo un lujo. Cabe recordar, también en este punto,  que España era importadora de sal a una Europa necesitada de unos de los conservantes más antiguos y potentes de la historia de la alimentación.

En la mesa de Yuste, pues, no faltaban los alimentos bien condimentados, más de 25 platos preparados para cada uno de los ágapes principales de cada día, de los que el emperador probaba con deleite y en soledad, cocinados en una gran cocina donde cabían hasta 60 de sus servidores. Sólo de vez en cuando compartía mesa con los monjes Jerónimos del monasterio, pero siempre acababa por desdeñar sus menús a los que consideraba insípidos y faltos de gusto, demasiados parcos en condimentos y sobrios en la preparación, a pesar de que algunas de las recetas de Yuste han pasado a la historia como ejemplos de la mejor cocina monacal, sofisticada a pesar de los preceptos de contención de la orden.  Carlos V era un contumaz devorador de carne de caza, pescados frescos, en salazón y en escabeche, disfrutaba enormemente con el marisco y prueba de ello es el centenar de ostras que podía engullir de un sola tacada, moluscos frescos que se hacía traer directamente de Portugal, empanadas gigantescas de anguila, salchichas de Flandes, capones, perdices, carneros y dulces de clara ascendencia morisca provistos de grandes cantidades de frutos secos, azúcar, huevos, harina de trigo de la mejor calidad y miel, melones, granadas, albaricoques y melocotones;  y eso, evidentemente no formaba parte del recetario de los Jerónimos, de ejecución y perfecta preparación, pero más austeros en los ingredientes.

La bebida era capítulo aparte en la mesa del emperador. A pesar de que uno de sus súbditos deja constancia en las crónicas históricas de la calidad del vino de la región, el césar tiene especial predilección por los vinos alemanes y franceses, además de una incontrolable adicción a la cerveza que ingiere a todas horas. El Oporto es también uno de sus caldos preferidos y conoce los deleites del café y el chocolate mucho antes de que estas bebidas se popularizasen a través de las clases burguesas que monopolizaron su comercio desde las Antillas siglos más tarde.

Su mesa, siempre bien guarnida con preciosos manteles, vajillas delicadas y cristalerías gravadas con su propio escudo de armas, es un ejemplo de la transición de las costumbres alimenticias del Medievo al Renacimiento. Gustaba el césar, como era tradición, de trinchar sus propias carnes y de degustarlas con las manos cuando le era posible, cuando se veía incapaz disponía de su propio trinchador, una figura fundamental en las grandes casas de la época. Imaginamos con cuanto placer despiezaría y degustaría el gran Carlos los lechones de cerdo negro ibérico que llegaban a su mesa desde las dehesas más cercanas. Lo que si sabemos a ciencia cierta es que los jamones de esa raza ibérica de puerco privilegiado alimentado de pasto y bellota llegaban a Yuste para que cada día el emperador pudiera saborearlos a modo de tentempié durante todo el día ( jamones bermejos de la Sierra de Montánchez, donde,  según aseguraban los lugareños,  los puercos en libertad se alimentaban, además de pasto y bellota,  de las muchas víboras y culebras que habitaban la serranía), del mismo modo que jamás hizo ascos a una buena cachuela, unos chorizos extremeños que justo entonces empezaban a prepararse con el pimentón de la Vera  que los Jerónimos de Yuste elaboraban con sapiencia y delicadeza monacal, así como los postres típicos de la comarca y las frutas y las verduras que aquella zona  que la Extremadura fértil ofrecía a su decrépito emperador.

Cuando llegó el momento, el emperador del Sacro Imperio Romano expiró a causa del paludismo, una enfermedad endémica en esa zona de la Alta Extremadura, privilegiada por su microclima suave y por su agradable paisaje de gargantas y ríos, pero azotada una y otra vez por los estragos que el mosquito causante del paludismo ocasionaba en los bellos remansos del río Tiétar. Como uno más de los campesinos extremeños, el emperador de la gran España y todas sus colonias, desgastado por sus muchas dolencias y su azarosa vida, sucumbió ante las fiebres de esta enfermedad que se llevó por delante a miles de personas, sea cual fuere su origen. Probablemente  Carlos V expiró con el estómago lleno, pero ligero, muy ligero de equipaje.

 


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Por Ines Butrón
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