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Biografía
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Memorias de cocina y bodega. Alfonso Reyes. Ed. Comba

Sin empacho alguno, este escritor, poeta, ensayista, abogado y diplomático que fue el mexicano Reyes, reclama para los conocimientos sobre gastronomía -en la más amplia acepción de la palabra, como conocimiento multidisciplinar-  la misma categoría en la historia cultural que el mueble o el vestido. Exige, ya en 1953, su reconocimiento.  Da por sentado que los lectores de sus pequeñas memorias golosas serán gente “de honrada naturaleza y buen paladar” ( la bonhomía y la generosidad siempre del lado de la cocina!),  gentes que gusten de “ese cortejo de sabores que es el arte de la  cocina”  y aún más del encuentro en torno a una mesa,  dispuestas todas ellas  a ampliar sus horizontes en conversaciones tanto o más nutritivas que los platos que degusten. Aunque, a decir verdad, al escritor le disgustaban los banquetes muy numerosos porque, según, sus palabras, “la mucha gente indigesta“.  Sus años de diplomático debieron dejarle recuerdos de largas, pesadas, e insulsas  cenas en   elegante y desabrida  compañía.

Cierto es que para sentarse al lado de este hijo de Monterrey había que estar a la altura en conocimientos y memoria, la misma que le permite a él reconstruir este documento que constituye la base del libro y que, por azares de los numerosos viajes, se perdió. Transitar de un lado a otro tiene sus ventajas, sobre todo en cuanto a gastronomía se refiere, pero hay que reorganizar a cada paso la vida cuidando de no dejar nada ni nadie en el lugar del que se parte. Sea de España, Rio de Janeiro, Buenos Aires o Francia, de todas sus cocinas habla Reyes con la misma familiaridad como de la propia, a la que, dicho  sea de paso, no juzga con especial vehemencia, ni se intuye en sus palabras uno de esos patriotismos gastronómicos exacerbados con los que hoy en día se tropieza uno a cada paso.  Sólo pide, como para todas las demás, el reconocimiento que cualquier espíritu libre y sin prejuicios le sabría otorgar:

Por qué tener miedo de todo lo criollo o a cuanto suele llamarse criollo, que es mucho y muy confuso? Por qué temer a los tropical y darlo necesariamente por malo, por superabundante y ociosos? ¿por qué algunos pueblos se avergüenzan de que en su tierra haga calor, y por qué otros no se avergüenzan del frío que hace tan desapacible su morada? también donde hay calor hay auténtica vida humana y también allí se come bien. En otra parte he dicho que la discusión entre lo tropical y lo no tropical debe ser tratada con pinzas.”

Es de suponer que aquí palpita su carácter diplomático o, simplemente, la objetividad y el signo de los tiempos. En 1953, año de escritura de estos textos, la gastronomía  como tal era propiedad de la nación francesa y todo lo demás, sin menosprecio de nada, estaba en fase latente, larvado, a la espera de que el péndulo de la historia apuntara a las cocinas de otras latitudes, o de otras gentes que no fueran discípulos de Escoffier.  Alfonso Reyes es, en este sentido, un catador con criterio. La cocina francesa es referencia y referente, pero la frase que despierta su pasión gastronómica es de un español y está en la Casa de Lúculo. Así, Julio Camba dice, y Reyes,  corrobora que “en la falta de recursos es donde comienza el apetito, base de la gastronomía.” 

La estancia en España es gustosa y jugosa para Reyes. Amante de la literatura barroca, amigo de J.R. Jiménez con quien comparte paseos por los mercados de Madrid y  de Pérez de Ayala ( de bien organizada despensa) describe en su descanso primero una capital rica y complaciente, despreocupada, alejada de las provincias, pero nutrido de ellas. Una realidad quebradiza, un festín de autocomplacencia que no tardaría en desaparecer, y que Reyes retrata con el detalle vibrante  de los auténticos “escritores gastronómicos”:

Prescindiendo de los restaurantes franceses, reinaba en la Corte el venerable Botín, donde había menos modernidad, pero cocina más auténtica que en muchas renombradas fondas de Europa. Los escaparactes de Botín ostentaban esos lechoncitos con la lechuga en la trompa que han alcanzado justa fama. Aquellas cazuelas matronas -planetas de barro y fuego labrados en la rotación de la edades- venían penetrándose de grasa desde varios siglos atrás: acaso alguna vez las rebañara el mismo Quevedo.”

Las citas podrían ser numerosas porque a cada paso hay erudición, reflexión, destellos literarios- !cómo no!- y toda una vida en la que, desde el café hasta el goulash, son objeto de una nota testimonial, de un recuerdo, de un apunte cultural al hilo de esa experiencia.  Un modo de entender la cultura gastronómica en vías de extinción a menos que se recuperen títulos imprescindibles como este.

 


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Por Ines Butrón
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