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Biografía
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Comer y Viajar: Vall de Boí y Aigüestortes

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La Vall de Boí es el corazón espiritual de los Pirineos. Su románico, junto con el de otros rincones pirenaicos, como el Principat d’Andorra, nos recuerda una época en la que la marca hispánica se trazó en un frontera de rocas,  aguas retorcidas y turbulentas, prados donde pastaban las vacas, las cabras y las ovejas miedicas, gentes que se apiñaban  cerca del fuego  y la escasa comida en minúsculos pueblos de montaña para hacer frente al enemigo y al frío. Desde Erill la Vall, centro neurálgico del valle, los barones d’Erill,  dueños y señores del territorio,  fueron construyendo con los botines de guerra de una larga reconquista, un conjunto de iglesias para recordar a la población el poder de un Pantocrator justiciero y el de los primeros condados cristianos. A partir de ahí, estos pequeñísimos núcleos de población han sobrevivido desde los inicios del feudalismo hasta hoy gracias a la riqueza de sus bosques, de su cabaña ganadera y de la fertilidad de sus aguas, cuya fuerza permitió la construcción de las presas hidroeléctricas que trajeron a las comarcas limítrofes la electricidad y las ventajas de la vida moderna.

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El aislamiento secular de la Vall de Boí y el Parque Nacional de Aigüestortes ha hecho de estos enclaves rincones privilegiados para los amantes de la naturaleza y de la historia del arte, pues,  su conjunto románico, único y  bien conservado, contrariamente al estado de sus castillos y torres de vigía,  es Patrimonio de la Humanidad desde que la Unesco lo declaró así en el año 2000.  Con todo, el traslado de los auténticos retablos de la iglesia de San Climent de Taüll y de Santa María al MANC de Barcelona levantó cierta polémica entre algunos de los  habitantes  de la Vall de Boí que habían convivido desde tiempos inmemoriales con unas pinturas murales que eran tan importantes como su propio paisaje y su modo de vida ancestral.IMG_7547

Para sus gentes era como vivir el saqueo, necesario o no, de un conjunto patrimonial que hablaba de la riqueza espiritual y económica de unos condados de montaña. El conjunto de iglesias, con sus esbeltas torres siempre iluminadas, como antorchas pétreas  de las antiguas fallas del verano pirinaico,  incluyen  también San Juan de Bohí, Santa Eulalia de Erill-la-Vall, San Félix de Barruera, Natividad de la Madre de Dios de Durro, Santa María de Cardet, Santa María de la Asunción de Coll y la ermita de San Quirce de Durro.

La Situación geogràfica de la Vall de Boí  o Valle del río Noguera de Tor, le hace partícipe de varias comarcas y de sus diferentes aspectos culturales y económicos, incluido el gastronómico. Por un lado tenemos la comarca de  la alta Ribagorza, a la cual pertenece el valle  en su vertiente catalana ( para llegar hay que atravesar la Ribagorza aragonesa), por el norte limita con La Vall de Arán,y , al nordeste, con el municipio  y valle d’Espot, regado por el Noguera Pallaresa, punto de partida  del Parque Nacional de Aigüestortes,  ya en plena comarca del Pallars Sobirà.

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Cada enclave, sin embargo, se muestra distinto dentro de un mismo modus vivendi de alta montaña. Desde el balneario de Caldes De Boí, los pueblos araneses, o  nuestro campamento base en un moderno apartamento rural en  Erill La Vall o el pueblo de Barruera, el paisaje va cambiando, como un recorrido fluvial: ahora manso, ahora rebelde, iracundo o dominado por la mano del hombre, escondido o cruzado por montones de sendas tranquilas.

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Erill La Vall, punto de partida de esta ruta por la Vall de Boí,  ya no tiene aspecto de baronía, pero su iglesia es triunfal, aristócrata. Pizarra y piedra contra la falda de la montaña, a la vista de todos, desafiante. San Climent ha perdido la mitad del prado,  en cuyo centro se alzaba cuando la vi por primera vez, embelesada y quinceañera.

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Las casas de los turistas de la Vall de Boí se funden con el color de la piedra, pero el habitante local ha olvidado el refranero y, dentro de poco,  este saco no dará para más. Los esquiadores, los senderistas, los amantes de la naturaleza, los “urbanitas”, en fin,   dispuestos a seguir cualquier rebaño a cualquier precio no son lo mejor de estos valles que nacieron bajo el temor de Dios y crecen bajo un yugo material que  podría pasarles  una factura muy alta. El turismo rural es una tendencia en alza, ha revitalizado zonas abandonadas a su suerte o condenadas a una economía muy precaria, pero locales y visitantes tienen mucho que aprender todavía. La caricatura de un imaginario de la vida rural no es lo más idóneo, ni para el turista, ni el  para el habitante de los valles. En lo que concierne al tema gastronómico, esta tendencia a  exprimir este momento de euforia por lo natural, lo ecológico y lo artesano produce a posteriori grandes y costosas  decepciones. Es  fácil dar gato por liebre a los que ignoramos la realidad , mucho menos idílica de lo que pensamos.

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Aigüestortes ha conservado a golpe de decreto su inmaculada naturaleza.

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Para subir al Llac de San Maurici se puede seguir la senda de uno de los más bellos caminos  de esta ruta. Al final, el lago espera, igual que otros más pequeños que se despliegan desde allí  como un a estela de agua hacia el norte,  hasta donde llegan únicamente los pastores con sus vacas en pleno verano y los montañeros más preparados. Los torrentes que bajan de los lagos, los animales que se cruzan por el camino, el sudor, el jadeo, la sombra y el silencio del bosque son  de una belleza oscura y profunda.

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De vuelta  a Espot, nos sentamos a comer.

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Como en toda la montaña pirinaica, las setas, la carne de caza, los embutidos de cerdo y oveja- girellas, secallonas, butifarras blancas y negras, el freginat o pà de fetge ( a base de hígado de cerdo)  los quesos, como el famoso tupí,  las truchas y las ollas contundentes son omnipresentes. La ternera de la raza bruna criada de forma ecológica es, desde algún tiempo, uno de sus mayores reclamos. Esta carne, acompañada de verduras a la brasa o de unas patatas al caliu- la cocina de montaña no es complicada- es un plato perfecto para sobrellevar las horas de camino y el frío. En los postres, los quesos, la miel y los frutos secos y del bosque no faltan tampoco para poner la nota dulce a cualquier ruta gastronómica que se precie. Pedid un arrop, un brossat o unos crispell y conoceréis la dulcería de la Vall de Boí y la Alta Ribagorza, pura energía montañesa.

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La olla pallaresa

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Palpis de corzo

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Civet de jabalí

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Truchas del Noguera Pallaresa


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Por Ines Butrón
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