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Biografía

Comer en Las Ramblas: nada es lo que parece

ramblasQuizá alguno de mis lectores recuerde lo que era el Menú Turístico, implantado por orden gubernamental en la  España casieuropea y casi desarrollada de los casi felices sesenta. El susodicho menú tenía como fin contentar al turista ( ¡las suecas! Que diría  nuestro añorado José Luís López Vázquez con aspavientos de berraco) que venía a España atraído por el sol, la playa, los precios tercermundistas y la actitud servil de los españoles. Estaba compuesto, normalmente, por la copia en cartón piedra de alguno de nuestros platos emblemáticos: el gazpacho, la paella, la tortilla de patatas y la sangría. Lo mismo  se servía en Irún que en Badajoz, en Benidorm que en Torremolinos, porque de nuestra capacidad de rebajarnos a servir inmundicias con aspecto  comestible, pintoresco y folklórico dependía la salvación  económica- que no espiritual- del país.

La Nueva Cocina, la francesa, la vasca, la catalana y después todas las que aún conservaban su dignidad lucharon a brazo partido para hacer desaparecer la estafa incomestible del menú turístico. La prensa lo aplaudió y las élites culturales, también.

Sin embargo, quien haya intentado alguna vez sentarse en las Ramblas barcelonesas con la intención de comer algo sabrá que el descaro, la estafa, el robo a mano armada, la tomadura de pelo y la picaresca más abominable viven en la restauración de  nuestro paseo más querido y degradado.

En las Ramblas nada es lo que parece excepto las putas.

barri chino 2La Boquería ha dejado de ser el mercado con más solera, el mejor del mundo, para convertirse en un hervidero de chanclas con calcetines que apenas compra nada más que un zumo de frutas. El mercado de las Ramblas  vive como un gran plató de televisión, esperando que algún chef de prestigio se pasee  entre las paradas con algún famoso presentador. El Quim, Pinocho y compañía exhiben producto de primera para turistas de tercera. Sólo los más pudientes del país se atreven a tomarse una caña con almejas en el Universal o algún platillo de huevos con foie en el Quim porque, si bien la ración no les defraudará, la cuenta  es tan astronómica que recordarán de por vida el feliz momento.

Al margen de esto, un batiburrillo de caricaturas comestibles que ofenden la cultura gastronómica a la cual dicen pertenecer: las tabernas vascas no son  vascas  (en mi última intentona me cobraron 8’25 euros por una croqueta recalentada y fondona y una mini loncha de jamón. Sin txacolí!); los egipcios no han visto en su vida una pirámide ni saben a qué huele el humus y el comino porque les importa un ídem, los italianos no han hecho jamás una pizza que merezca tal nombre, los kebab chorrean ensalada y mahonesa para disimular una carne correosa y seca como la momia de Tutankamón, los catalanes….. han salido huyendo.

Y yo me pregunto ¿El turista tiene paladar? ¿El ayuntamiento tiene vergüenza? ¿Será esto el inicio de una caída en picado del prestigio de nuestra cocina?


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Por Ines Butrón
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