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cafe emma romain fornell

Cafè Emma: el bistrot de l’Eixample celebra aniversario

Probablemente habréis pasado por delante  de Café Emma muchas veces, y hasta puede que os hayáis detenido  a mirar el pequeño comedor desde fuera, las sillas típicas de madera oscura, las minúsculas mesas o los rincones de sofás de cuero, pegados al zócalo crema de la pared. Huele bien, se atisba el obrador del fondo, los camareros rápidos visten delantales oscuros y largos, parece cómodo,  la carta es golosa : huevos pochés benedictines ( dicen que los mejores de la ciudad) con jamón y salsa holandesa, omelettes, bollería francesa, tartines, pan de baguettes y mantequilla. Si es por la mañana, habrá gente sentada en la pequeña terraza donde se sirve rápido el pan del día y el café, si vais al mediodía, huele a cocotte del día, a la carne, roja,  saignant,  que sale de la brasa , du coin du boucheur, a quiche du jour. Al llegar  la noche la gente  se toma su tiempo y  su vino, pausadamente,  con la irreductible tabla de quesos,  las terrinas o unas deliciosas  rilletes con pan tostado. Quizás, sin saberlo, acabas de pasar por delante de uno de los pocos bistros de Barcelona y, seguramente, te arrepientes de haber pasado de largo.

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Y es que en Barcelona la cocina francesa ha pasado de ser hegemónica a residual. Para muchos jóvenes la única forma de probar una ensalada niçoise es cruzando la frontera. Los platos  clásicos de la gastronomía francesa que todo el mundo asocia a la bonne cuisine -de raíz, basada en el producto, en el mercado y la estacionalidad-, no aparecen en las cartas de los restaurantes que pisamos habitualmente, inspiran respeto y no soportan las imitaciones. La verdadera cocina de bistrot, -cocina oportunista y canalla- no se reproduce, no se puede traducir sin perder la esencia. La palabra misma bistrot no se entiende si no se ha  comido, codo con codo, en Motmartre, con un desconocido, alguna blanquette de veau hecha al momento y una terrine de campagne con pepinillos, mientras el garçon vuela, el chef chilla y los clientes van a lo suyo sin inmutarse.

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Quizás lo más parecido a esta estampa en Barcelona  y, sobre todo, a esta cocina, es la que están haciendo en Café Emma Romain Fornell, estrellado Chef de Caelis, y su socio Michel Sarran. Después de cinco años desde la apertura del establecimiento su carta rinde un claro  homenaje a la cocina popular francesa con un despliegue de platos que van desde las cocottes de guisantes a la francesa, las alcachofas en barigoule con calamares, los huevos à la lyonnaise con setas o l’onglet con chalota, amén de la clásica pastelería francesa con sus éclairs, macarons, tartas tatins o crème brulées. Con un muy buen producto por bandera, la carta es una tentación tras otra y resulta muy difícil escoger. Si os gusta la carne,  sobre todo las piezas poco corrientes, como las mollejas de ternera, este es un buen lugar donde disfrutarlas, siempre acompañadas de unas buenas “frites”, mostazas o salsa bearnesa, verduras bien cocidas y perfumadas en cocotte.

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El trío de cocottes de ese día: cap i pota con garbanzos, alcachofas y calamares y guisantes a la francesa. Todo caliente, recién hecho  y en medio de la mesa, para compartir con los amigos o con quien se tenga a mano. Creando ambiente, cultura de bistrot:) 

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La bandeja de la carne, au point, perfecta, jugosa: panceta ibérica, onglet, molleja de ternera. La salsa bearnesa y las patatas fritas desaparecieron  como por encanto

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Los quesos: Anneau du Vic Bilh, Pavé Toulousain, uno cremoso, delicado, el otro, más curado, lleno de potencia, pero sin agresividad, perfecto para acabar el vino de las copas( IGP Côtes Catalanes y Mumm Cordon Rouge). Los postres eran un trío de maestría pastelera: éclair, blanc manger passion- mangue y Paris- Brest. Aunque ya no tengas hambre, acabarás probándolos.

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Si un día cualquiera, pues, por  la mañana a por la noche, pasas por la calle Pau Claris 142 y ves a gente en una terraza, café y croissant de mantequilla en mano,  disfrutando de su crêpe suzette en un comedor coqueto, o de una refrescante vichissoisse al perfume de albahaca con su clásico tartare de buey en el  interior de un mullido sofá, acurrucada  en el salón, estás pasando por delante de un bistrot,  y, créeme, merece la pena que no pases de largo.


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Por Ines Butrón
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